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MERLÍN es E. Martínez
(Vidente e investigador.) Dcdo. y profesor universitario. Escritor y columnista.
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01 febrero 2012

Vampiros

Algunos viajeros que en el siglo XVI visitaron Transilvania, narraban a su regreso terroríficos relatos acerca de unos seres que no pertenecían ni al mundo de los vivos ni al de los muertos. Eran una especie de monstruos que al llegar la noche abandonaban sus guaridas y se deleitaban bebiendo sangre humana. Se les designaba con nombre diverso: varcolac, wampyr o vampiro. Ya se hablaba de criaturas parecidas en la mitología griega, romana y hebrea; pero las historias de vampiros se originaron casi totalmente en la Europa oriental: en los montes Cárpatos, en Transilvania, Valaquia y los Balcanes.
En el mito del vampiro subyacen dos creencias: un espíritu maligno puede apoderarse de un cadáver y utilizarlo para turbios propósitos; el alma, excluida por sus culpas del reino de la muerte, puede seguir habitando su cuerpo en forma de vampiro.
La leyenda del vampiro abunda en pormenores. Por ejemplo, el vampiro transilvano se delata en seguida por su aspecto sombrío y mortal palidez. Sus labios son gruesos y rojos y sus colmillos puntiagudos; llamean sus ojos con mirada hipnótica y es cejijunto; sus manos tienen vello en las palmas y terminan en largas y afiladas uñas. Su aliento es fétido y su dieta a base de sangre le dota de fuerza sobrehumana, a pesar de su aspecto demacrado.
El vampiro ruso es de roja faz y sobre su vida mortal incide la sospecha de si fue nigromante o se rebeló contra la Iglesia. En Bulgaria los vampiros solamente tenían un orificio en la nariz. En Baviera dormían con el ojo izquierdo abierto y los pulgares unidos; además provocaban frecuentes epidemias en el ganado. El vampiro de Moravia acostumbraba a despojarse del sudario y atacaba desnudo a sus víctimas. El de Albania llevaba zapatos de tacón alto y el de Brasil cubría con felpa sus pies, a juzgar por las huellas. Según las crónicas, el vampiro chino recibía su fortaleza de la Luna. Se decía que las variedades estadounidenses (procedentes de las Montañas Rocosas) aplicaban su nariz a la oreja de sus víctimas y aspiraban la sangre; el vampiro de México se distinguía al instante por su cráneo completamente desnudo.
Como se ve, cada país refiere a su modo los poderes del vampiro, pero todos le otorgan el don de asumir formas de diversos animales, como murciélagos y lobos, y el imperio sobre todas las criaturas nocturnas.
Los procedimientos para combatir a los vampiros suelen ser tan variados como sus clases. Parece ser que en Rumania conviene esperar al sábado para acabar con un vampiro. Tal día les está vedado salir de su tumba. El método adecuado es verter una jofaina de agua hirviente en un agujero próximo. Ese agujero, se dice en Rumanía, es señal segura de que bajo la tumba yace un vampiro.
Hay quien para alejar los vampiros recomienda yeso y agua bendita, pero los partidarios de métodos directos prefieren sorprender de día al vampiro en su tumba y traspasarle el corazón con una lanza de hierro o de madera. Para mayor seguridad, seccionan después su cabeza con la pala de un sacristán y llenan de ajo su boca.
Se asegura que los rayos del sol son nefastos para el vampiro, el cual tampoco soporta la presencia de un crucifijo.
En el este de Europa, la búsqueda de la tumba de un vampiro requería todo un ritual. Un muchacho virgen, montado en un caballo negro, también virgen, era paseado por el cementerio. Se consideraba como tumba de un vampiro aquella ante la cual se detenía la cabalgadura.
Los vampiros aparecen de modos diversos según la región. En tierras rumanas se decía que si un vampiro mira fijamente a una mujer en cinta, su hijo corre el riesgo de transformarse en vampiro; en realidad un vampiro especial, pues no surge de un cadáver. Un cadáver se convierte en vampiro si un gato salta por encima o si muestra una herida no escaldada previamente con agua hirviendo. Pero la manera ordinaria de ingresar en el clan es convertirse en víctima de un vampiro. Cuando el furtivo visitante chupa la sangre de su presa, muere la víctima y queda condenada a pasearse de noche como alma en pena.
En Serbia, en 1727, un modesto campesino, Amold Paole, se cayó de su carreta y se rompió la nuca. Desde entonces, sus vecinos afirmaban que Paole penetraba por la noche en las casas del pueblo y que morían todos aquellos que recibían su visita. Un día se exhumó el cadáver de Paole y se vio que su sudario estaba impregnado de sangre. El cuerpo fue quemado por los vecinos y sus cenizas aventadas.
A finales del siglo XVIII, cuando se hicieron populares los romances góticos, el vampiro se erigió en personaje ideal para historias de castillos envueltos en brumas. En los albores del siglo XIX, en plena época romántica, el vampiro irrumpió también en el teatro. Alejandro Dumas y otros dramaturgos escribieron obras terroríficas inspiradas en esas temibles criaturas.
En 1847, una novela espeluznante -Varney, el vampiro o El banquete sangriento- contribuyó a difundir la boga en Inglaterra. Y más tarde apareció la novela Drácula que sería clásica en el género. Su autor fue Bram Stoker, escritor irlandés casi desconocido y funcionario público. Según parece, inspiró su personaje en la figura de Vlad el Empalador, tirano medieval de Valaquia que empalaba a sus enemigos. Vlad había recibido el sobrenombre de Draculaea, hijo del Diablo.
A partir de entonces, a través del teatro, la novela, el cine y las películas que hoy ofrece la televisión, el conde transilvano, bebedor de sangre, ha dado vida inmortal al vampiro; al menos entre el gran público.
Considerada desde el punto de vista de la religión, la creencia del vampirismo se incluye en la vasta categoría de las experiencias emotivas relacionadas con la muerte como fenómeno problemático, ya que el difunto puede ser verdaderamente tal y sin embargo continuar llevando una existencia, aunque precaria, entre los vivos.
En la actualidad, se considera el vampirismo más como una gama de fenómenos consistentes en la sustracción, por lo general involuntaria, de energía física y psíquica por parte de un sujeto a otros.

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